-¿Qué hace ahí?
-Escucho sus problemas y si puedo intento ayudarla. Dígame, ¿cuál es su problema?
-¿Cómo sabe que tengo un problema?
-Bueno porque todos tenemos alguno y está llorando; y me da la impresión de que no llora de alegría.
-Oiga. Soy una persona feliz. Era una persona feliz.
-¿Qué le ha pasado?
-Creo que la fe es muy injusta. Me parece muy injusto que unas personas tengan fe y otras no la tengan.
-¿Por eso ha dejado de ser feliz?
-No. Sólo era una idea, algo que se me ha cruzado por la cabeza.
-¿Qué le pasa?
-En la tienda no tienen el helado que me gusta.
-¿En su vida?
-Cuando somos felices no nos damos cuenta, eso también es injusto. Deberíamos vivir la felicidad intensamente. Y tendríamos que poderla guardar para que en los momentos en que nos haga falta pudiéramos coger un poco. Del mismo modo que guardamos cereales en la despensa o recambios de papel higiénico por si se acaba. ¿Entiende?
-¿Por qué necesita recambios?
-¿Y usted no? ¿Ya es bastante feliz?
-No. No lo soy. Pero no creo que lo necesite.
-Díos mío. Espero que no graben estas conversaciones.
-No las grabamos.
-¿Y qué tal es eso de escuchar los problemas de la gente a medianoche?
-Está bien. ¿De veras quieres saberlo?
-Sí.
-Es mejor que quedarse en casa pensando en mis propios problemas.
-¿Y lo hace por eso?
-Escuche no creo que haya llamado para hablar de mí. Veo que ya no llora.
-¿Usted sabe qué es el amor?
-No. ¿Qué?
-Ya…
lunes, 19 de julio de 2010
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