Siempre había pensado que los exámenes no valían la pena. Que eran sinónimos de vulgaridad. Que era imposible resumir las cosas importantes de la vida en un puñado de preguntas. Cada vez que veía un examen se lo tomaba como un proceso donde le iban a preguntar sobre algo que realmente no iba a tener mayor repercusión en su vida. Estaba segura de que las cosas importantes no se medían de esa manera.
No había hecho un examen para aprender a querer, igual que nadie te hace un examen para decidir que estás lo suficientemente preparado para morir. No tenía que sacar ninguna nota por encima del cinco para poder tener un hijo, ni para intentar convertirle en buena persona. No hay exámenes en el sexo, ni el amor. Nadie miraba a ver cuál era la nota de corte que te autorizaba a reír, igual que no hacia ninguna selectividad para permitir que se enamoraran de ella.
Pensaba que era una tontería ir a setiembre cuando se estaba mejor en agosto, y que las mejores chuletas siempre las había hecho su madre. Estaba convencida de que el último repaso se lo daría la muerte y que ahí no te dejaban repetir curso.
Ah, eso sí, en su vida también estaba prohibido copiar, no tenía sentido aplicar algo que no había (a)probado.
martes, 18 de octubre de 2011
SALAS DE ESPERA
Allí estaba ella, en la sala de espera de sus sentimientos. Le desesperaba esperar. Conocía ese lugar perfectamente y lo odiaba con todas sus fuerzas. Como toda sala de espera, era fría, vacía y aburrida. Tenía la sensación de que sus relaciones eran como sus menstruaciones: cortas, doloras y siempre le hacían estar pendiente de cuando llegaban y cuando se iban.
Se miró al espejo y pensó que tenía que poner a dieta el corazón, le pesaba demasiado. Por lo menos le había engordado 19 kilos, el mismo número de semanas en las que él le había estado dando de comer. Todo el mundo le decía que ese chico era un buen partido, pero hacía mucho tiempo que se había dado cuenta que una liga, no se ganaba en un único partido.
Y allí sentada, volviendo a beber la ginebra sola, pensaba en la gran mentira que era la experiencia. En lo imposible que le parecía eso de aprender de los errores. y que por mucho que se esforzara, siempre acababa en esa maldita sala esperando.
Pensaba en lo bien que le quedaban los abriles, y en lo cortos que se le hacían. Estaba harta de que por mucho calor que hiciera, siempre llegase el otoño a traer el frío.
Pero sobretodo pensaba en quién sería el siguiente. El siguiente en ser capaz de abrir la puerta y sacarla de aquella asquerosa sala. Quizás, esta vez sí, de una vez por todas.
Se miró al espejo y pensó que tenía que poner a dieta el corazón, le pesaba demasiado. Por lo menos le había engordado 19 kilos, el mismo número de semanas en las que él le había estado dando de comer. Todo el mundo le decía que ese chico era un buen partido, pero hacía mucho tiempo que se había dado cuenta que una liga, no se ganaba en un único partido.
Y allí sentada, volviendo a beber la ginebra sola, pensaba en la gran mentira que era la experiencia. En lo imposible que le parecía eso de aprender de los errores. y que por mucho que se esforzara, siempre acababa en esa maldita sala esperando.
Pensaba en lo bien que le quedaban los abriles, y en lo cortos que se le hacían. Estaba harta de que por mucho calor que hiciera, siempre llegase el otoño a traer el frío.
Pero sobretodo pensaba en quién sería el siguiente. El siguiente en ser capaz de abrir la puerta y sacarla de aquella asquerosa sala. Quizás, esta vez sí, de una vez por todas.
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